Por infosniper
Para los que nos ha gustado en algún momento la seguridad informática, ha resultado inevitable leer algo sobre criptografía: fórmulas raras, números primos, matemáticas en su sentido más estricto… Para muchos de nosotros, especialmente para los de letras, la criptografía ha ido siempre envuelta de un aura de misterio y misticismo entendible sólo por expertos. Lo que conocíamos de ella era que, a través de determinados algoritmos matemáticos, con o sin contraseña, convertíamos textos planos en un cúmulo de caracteres y símbolos raros supuestamente indescifrables.
Y un día entró en escena la criptografía cuántica. Cuando comencé a leer sobre ella no entendía para qué era necesaria tanta sofisticación, tanta inversión en investigación y desarrollo, ni tenía claro si detrás de todo aquello había algún tipo de interés oculto. Comprendí entonces que para la mayoría de mortales el halo de misterio sobre la criptografía iba a crecer aún más y se me ocurrió la gilipollez: ¿por qué no desviar la atención de la comunidad hacia otro tipo de criptografía, una de andar por casa en calzoncillos y camiseta, pero que fuera a la vez lo suficientemente fuerte o resistente a un ataque como para que quienes están muy preocupados por la seguridad de sus mensajes a través de Internet abrieran los ojos ante una posibilidad que siempre habían tenido al alcance de la mano sólo aplicando un poco de imaginación, sin puertas traseras y gratis?.
Aquí comenzó el plan. ¿Dónde encontraría el mejor terreno de juego? Kriptópolis. ¿Conseguiría captar la atención del público?. Sólo había una forma de averiguarlo: plantear un primer reto sencillo. Así nació con carácter experimental el Primer Reto Criptográfico, caracterizado por su extrema simplicidad o sencillez…
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Cómo se hizo: los criptogramas de la Botifarra |